miércoles, 3 de febrero de 2016

Gilles de Rais, un asesino en serie luchando junto a Juana de Arco.

Gilles de Rais, también conocido como Barba Azul, (1405 - 1440) fue un noble y asesino en serie francés del siglo XV que luchó junto a Juana de Arco en los años finales de la Guerra de los Cien Años.

Fue el hijo primogénito, descendiente de uno de los grandes linajes de Francia, de Guy II de Laval y de Marie de Craon.

Tras la muerte de sus padres, Gilles y su hermano René quedaron bajo la tutela de su abuelo materno Jean de Craon. Según afirmó en sus juicios, Gilles no tuvo ningún tipo de control por parte de su abuelo y siempre hizo lo que le vino en gana.

Su enorme agresividad y psicopatía se hicieron más evidentes cuando se alistó en el ejército con la intención de desahogarse con los enemigos a los que se enfrentaba. Se puso a las órdenes de Juan V, duque de Bretaña, en las querellas residuales de la Guerra de Sucesión Bretona. Luchó siempre en la vanguardia junto a sus propios soldados y sus compañeros de armas lo admiraban porque parecía poseído cuando luchaba dando mandobles, con una rapidez y fuerza increíbles, pareciendo que eran los propios demonios los que regían sus movimientos.

A la edad de 17 años, Gilles raptó a su prima Catherine de Thouarson, de 15 años,  y la forzó a casarse con él el 24 de abril de 1422. La familia de Catherine era propietaria de varios castillos que, unidos a los suyos propios, harían de la unión la familia más rica y poderosa de Francia. Pero Gilles se equivocó, y la familia de su ahora esposa no aceptó el enlace matrimonial por lo que, como venganza, Gilles raptó a su suegra y la encerró, alimentándola solo a base de pan y agua, hasta que le cedió los castillos que el pedía. Mientras tanto Gilles y la ya maltratada Catherine tardaron 7 años en tener descendencia (una hija llamada Marie), como consecuencia de las tendencias homosexuales que le hicieron desinteresarse por su esposa. Catherine, junto a su hija, huyó y se refugió en uno de los castillos de su padre. Gilles nunca mostró interés alguno por el bienestar de su hija o de su esposa.

Después de las campañas militares junto a Juan V, Gilles se puso al servicio de Carlos VII, Delfín de Francia, para combatir contra los ingleses y sus aliados de Borgoña. Fue en esa época cuando Gilles conoció a Juana de Arco, con la que quedó absolutamente fascinado por su historia y su belleza física.

El Delfín Carlos concedió un pequeño ejército a Gilles y a Juana de Arco para liberar Órleans del asedio inglés. Junto a ellos se encontraban otros generales como el Bastardo de Órleans (conde de Dunois), el Duque de Alençon y La Hire. Su audacia y violencia en combate eran comparables a las de los berseker vikingos. Gilles llegó a afirmar durante las campañas junto a Juana de Arco que ella era Dios y que si debía matar a los ingleses por su mandato, así lo haría. Se convirtió en su escolta y protector, salvandola en varias ocasiones durante el fragor de la batalla. Pese a las matanzas y las crueldades de guerra, Gilles se sentía realizado espiritualmente, ya que Juana lo inspiraba y había rendido un gran servicio a Francia. Además, ese mismo año fue proclamado mariscal de Francia con tan sólo 25 años, amasando una inmensa fortuna. 

Crímenes.


Gilles de Rais era un hombre culto pero poco reflexivo, ávido de riquezas pero muy despilfarrador. Desde el momento en que fue nombrado mariscal, se entregó a los más locos dispendios para satisfacer sus más extravagantes caprichos. Era un apasionado de las artes, especialmente de la música. Poseía una gran colección de órganos. El sonido de este instrumento le producía tal enajenación que se hizo construir órganos portátiles. Consiguió, en su exaltación religiosa, ser nombrado canónigo de Saint Hilaire de Poitiers y se hizo rodear por una comitiva de 50 eclesiásticos, junto con 200 soldados, cuya sede se encontraba en la capilla de los Santos Inocentes de Machecoul.

Por otro lado, todo el que acudía a él disfrutaba de su generosidad. El extranjero era bien recibido, cualquiera que fuese su condición social, a cualquier hora del día o de la noche. Realizaba grandes banquetes. Gastó gran parte de su fortuna en obras teatrales que recordaban a sus campañas militares junto a Juana de Arco.

Para procurarse el dinero necesario, tuvo que recurrir a numerosos arbitrios y ruinosos contratos. Logró la colaboración de aposentadores, burgueses y mercaderes que adelantaban a un interés usurario las sumas que, por generosidad neurótica, se le fundían entre las manos. En el año 1437, sus cofres se encuentran vacíos, su crédito está agotado y los que lo habían rodeado en su época dichosa se alejan de él. Ante esta situación, Gilles se zambulle en el esoterismo buscando en la alquimia el modo de fabricar oro (interesándose especialmente en la Piedra Filosofal). Se rodeó de una corte grotesca de brujas, nigromantes, alquimistas... Finalmente cayó en manos de un embaucador florentino, llamado Prelati, quien le aseguró que llenaría sus arcas gracias a la magia negra.

Gilles de Rais visitaba con frecuencia a su cómplice, para informarse de las investigaciones. Prelati le aseguró que, en una de sus invocaciones, había visto cerca de él al demonio, pero que ésta aparición se había desvanecido sin que pudiera pronunciar palabra alguna. Gilles, quien sentía un pánico atroz al diablo, hizo caso de Prelati, con quien mantenía una relación homosexual, y mandó que se redoblasen los ensalmos y los conjuros. En otras ocasiones, Prelati salía herido después de una de sus invocaciones, que siempre se realizaban en un cuarto escondido, causando en Gilles más pánico. Sillé fue el proveedor de todos los elementos para las invocaciones en Tiffauges y el Padre Eustache Blanchet fue el encargado de contratar a los invocadores, como Prelati, La Riviére, o alquimistas como Jean Petit, el cual construyó varios hornos para trabajar con mercurio. No obstante, los hornos fueron destruidos, con motivo de una visita del futuro Luis XI, entonces Delfín de Francia, a Gilles por una orden expresa del rey Carlos VII, quien condenaba la alquimia y la herejía. "Es imposible que a Gilles salga bien de sus empresas -dijo uno de los familiares de Gilles de Rais- si no ofrece al demonio la sangre y los miembros de niños llevados a la muerte. Porque su lectura habitual la constituyen los más ardientes poemas de Ovidio y el relato que hace Suetonio de los criminales sacrificios que exige el rey del infierno. ¿Qué le importa el sacrificio de vidas humanas si adquiere a ese precio el poderío de la codicia?". A esto se unía, además, su voluntad de matar a niños para su disfrute y placer personal.

En su afán por conseguir víctimas para sus sacrificios, los servidores de Gilles de Rais, recorrían los pueblos y aldeas buscando niños y adolescentes, prometiéndoles que los harían pajes en los castillos del Señor de Rais. Siempre en lugares lejanos, incluso, en algunas ocasiones, el propio Gilles, con amabilidad, acudía personalmente a la casa de los plebeyos para asegurar a los parientes de los niños un prometedor futuro. En cuanto a las víctimas, una vez se marchaban de su hogar, los padres no volvían a tener más noticias de ellos y, si preguntaban, les respondían que estaban bien. Pronto, comenzó a cundir la alarma entre la población y Gilles hubo de recurrir a los raptos. Entre los años 1432 y 1440, se llegaron a contabilizar más de 1000 desapariciones de niños de entre 8 y 10 años en Bretaña. Pero la gran locura llegaba durante la noche, cuando él y sus secuaces se dedicaban a torturar, vejar, humillar y asesinar a los niños secuestrados. Después de cada sangrienta noche, Gilles salía al amanecer y recorría las calles en solitario, mientras sus esbirros quemaban los restos de sus víctimas. El terror se apoderó de los habitantes de los pueblos de la Bretaña. Los criados tuvieron que ampliar su campo de acción, con lo que el terror se extendía cada vez más. Hasta que los rumores se convirtieron en gritos que llegaron más allá de las autoridades.

En una ocasión, Gilles se aprovechó de unos niños mendigos que fueron a pedir limosna a su castillo. Gilles los violó y los desmembró. Una vez muertos, los abrazó fuertemente mientras deliraba. En otras ocasiones, se reía ante los últimos estertores del niño y le cortaba la vena yugular para hacer brotar su sangre.

En otras ocasiones, cuando asesinaba a una de sus víctimas, se arrepentía y juraba partir hacia Tierra Santa para redimir sus pecados, pero al poco tiempo volvía a cometer las mismas aberraciones.

Durante 8 años, Gilles vivió en un mundo irreal, rodeado de gran fastuosidad, como si no se diera cuenta de las brutales acciones que cometía. Según contó en su juicio, tanto él como su grotesca corte, cortaban las cabezas de varios niños recién asesinados y hacían competiciones para escoger los rostros más bonitos. Las cabezas eran ensartadas en picas y las iban calificando. Todo esto se hacía en el transcurso de orgías sexuales y etílicas.

En varias ocasiones, René, el hermano menor de Gilles, intentó salvar el patrimonio familiar que éste estaba dilapidando; incluso, con la ayuda del rey, logró un edicto según el cual Gilles no podía vender más propiedades. René logró comprar el castillo de Machecoul, encontrando allí los esqueletos de más de 50 niños. No obstante, René quiso silenciar lo que vio pare evitar posibles malentendidos contra él.

Captura, juicio y ejecución.


Finalmente, llegó el momento de que todo esto finalizara, y ese momento fue cuando el obispo de Nantes, Jean de Malestroit, investigó las desapariciones de Bretaña y notó que no eran casuales. Malestroit descubrió los crímenes gracias al hecho de que, en plena depresión, Gilles vendió una de sus últimas posesiones, el Castillo de Saint-Etienne-de-Memorte al tesorero de Juan V, Geoffroy de Farron. Gilles se enteró de que un familiar suyo, el Señor de Villecigne, deseaba comprar el castillo y creyó que Le Farron no aceptaría la anulación de la venta. Éste había dejado a su hermano Jean, un eclesiástico, al frente del castillo. Gilles, en uno de sus impulsos de violencia, atacó la iglesia donde Jean celebraba misa y lo secuestró, encerrándolo en el castillo de Tiffauges. Este ataque fue conocido por el duque de Bretaña y por el propio Malestroit. Juan V envió a su hermano, el condestable del rey, a rescatar a Jean Le Farron, mientras él mismo intentaba apaciguar a Gilles. Finalmente, Gilles de Rais fue capturado el 15 de septiembre de 1440, cuando se presentó a las puertas del castillo de Machecoul, por un grupo armado al mando del capitán Jean Labbé. Portaban órdenes específicas del duque. Gilles de Rais se entregó junto a sus secuaces y fue llevado a juicio. El día 19 de ese mismo mes comenzó el interrogatorio que se prolongó hasta el día 22 de octubre.

En el juicio, altamente detallado, pasaba del insulto a los jueces a la depresión más absoluta. Fue encerrado en una prisión acomodada, por su condición de noble. En un principio, se declaró inocente pero, durante uno de sus ataques de violencia, se declaró culpable. Finalmente, el día 22 de octubre, ante los jueces eclesiásticos comandados por el obispo de Saint-Brieuc, documentó todos los asesinatos y vejaciones que practicaba a los niños de entre 7 y 20 años, actuaciones pedófilas, rasgaduras, colgamientos con ganchos, decapitaciones... Afirmó que había bebido sangre de los niños, incluso cuando estos aún estaban vivos, que "necesitaba de aquel goce sexual" y que escribió un libro con la sangre de sus víctimas. Sus confesiones convulsionaron a toda Francia, ya que la gente lo tenía por un héroe. Fue condenado por asesinato, sodomía y herejía.

Finalmente, el día 26 de octubre de 1440, Gilles de Rais y sus perversos secuaces fueron conducidos al prado de la Madeleine, en Nantes, para ser ahorcados. Sus restos fueron sepultados en la iglesia de las Carmelitas de Nantes, a petición del entonces mariscal de Francia.

Confesiones escritas de Gilles de Rais


"Yo, Gilles de Rais, confieso que todo de lo que se me acusa es verdad. Es cierto que he cometido las más repugnantes ofensas contra muchos seres inocentes -niños y niñas- y que en el curso de muchos años he raptado o hecho raptar a un gran número de ellos -aún más vergonzosamente he de confesar que no recuerdo el número exacto- y que los he matado con mi propia mano o hecho que otros mataran, y que he cometido con ellos muchos crímenes y pecados".

"Confieso que maté a esos niños y niñas de distintas maneras y haciendo uso de diferentes métodos de tortura: a algunos les separé la cabeza del cuerpo, empleando dagas y cuchillos; con otros usé palos y otros instrumentos de azote, dándoles en la cabeza golpes violentos; a otros los até con cuerdas y sogas y los colgué de puertas y vigas hasta que se ahogaron. Confieso que experimenté placer en herirlos y matarlos así. Gozaba en destruir la inocencia y en profanar la virginidad. Sentía un gran deleite al estrangular a niños de corta edad incluso cuando esos niños descubrían los primeros placeres y dolores de su carne inocente".

"Contemplaba a aquellos que poseían hermosa cabeza y proporcionados miembros para después abrir sus cuerpos y deleitarme a la vista de sus órganos internos y, muy a menudo, cuando los muchachos estaban ya muriendo, me sentaba sobre sus estómagos, y me complacía ver su agonía..."

"Me gustaba ver correr la sangre, me proporcionaba un gran placer. Recuerdo que desde mi infancia los más grandes placeres me parecían terribles. Es decir, al Apocalipsis era lo único que me interesaba. Creí en el infierno antes de poder creer en el Cielo. Uno se cansa y aburre de lo ordinario. Empecé matando porque estaba aburrido y continué haciéndolo porque me gustaba desahogar mis energías. En el campo de batalla el hombre nunca desobedece y la tierra toda empapada de sangre es como un inmenso altar en el cual todo lo que tiene vida se inmola interminablemente, hasta la misma muerte de la muerte en sí. La muerte se convirtió en mi divinidad, mi sagrada y absoluta belleza. He estado viviendo con la muerte desde que me di cuenta de que podía respirar. Mi juego, por excelencia, es imaginarme muerto y roído por los gusanos".

"Yo soy una de esas personas para quienes todo lo que está relacionado con la muerte y el sufrimiento tiene una atracción dulce y misteriosa, una fuerza terrible que empuja hacia abajo (...) Si lo pudiera describir o expresar, probablemente no habría pecado nunca. Yo hice lo que otros hombres sueñan. Yo soy vuestra pesadilla".

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