lunes, 26 de octubre de 2015

Rebelión femenina en la Antigua Roma

Para un romano las mujeres debían ser sólo matronas sometidas al patriarca de la familia, por lo que las obligaban a vestir con austeridad y modestia. Para que no llamaran la atención, a las mujeres les estaba prohibido llevar ropas que les marcara las curvas y el velo era de uso obligatorio. Estas normas de decoro llegaron a ser tan importantes que, Valerio Máximo llegó a afirmar que muchas parejas se divorciaban por la negativa de la mujer a ponerse el velo.

En el año 215 a. C., tras ser derrotado el ejército romano por Aníbal, los políticos, movidos por la necesidad de recuperarse económicamente para continuar luchando contra tan poderoso enemigo, aprobaron una ley que limitaba las manifestaciones externas de riquezas en las mujeres:

  • No les estaba permitido llevar más de media onza de oro en joyas.
  • No debían llevar vestidos de colores llamativos para evitar el uso de tintes caros.
  • A las mujeres sólo les estaba permitido usar, como medio de transporte, la litera y el tiro para circular por Roma.
No obstante, en el año 195 a. C, durante el consulado de Catón, las restricciones impuestas a las mujeres por la ley habían quedado obsoletas, ya que Roma había vencido sobre sus enemigos y fluía la riqueza, haciendo innecesarias esas restricciones. No obstante, los tribunos de la plebe no consiguieron que se aboliera dicha ley.

En ese contexto, las mujeres romanas salieron a la calle en una manifestación de grandes proporciones. Una enorme multitud de mujeres entró en la capital. Ni las autoridades, ni el pudor, ni las órdenes de sus maridos consiguieron hacerlas volver a sus hogares. Ocuparon todas las calles de la ciudad y los accesos al Foro, suplicando a los hombres que fueran hacia allí. Las mujeres reclamaban que se les devolviera su dignidad. Con el transcurso de los días, la afluencia iba aumentando porque llegaban mujeres de otras ciudades y no dudaron en abordar a los cónsules y magistrados.

Catón, que deseaba mantener esta ley, argumentaba que así se evitaba la vergüenza de la pobreza porque, en virtud de ella, todas las mujeres vestían del mismo modo. Se dirigió a ellas en un discurso  en el que manifestaba una reprobación hacia su conducta, contraria a las buenas costumbres, y les exponía los peligros de aumentar la ostentación de la riqueza. Aprovechó para amonestar a los maridos y magistrados que no habían sido capaces de restablecer el orden en Roma ni hacerse respetar en sus casas. En su opinión, ceder a las pretensiones femeninas era exponerse a nuevas revueltas organizadas por otros grupos de presión:

"¿Qué forma es ésta de precipitaros fuera de vuestras casas, bloquear las calles e interpelar a unos hombres que no conocéis? Cada una de vosotras podría haber formulado esa demanda en su casa, ante su marido. ¿Es vuestro poder de seducción más grande ante unos desconocidos que ante vuestro esposo? ¿Corresponde a una mujer saber si una ley es buena o no? Nuestros antepasados han querido que ninguna mujer, incluso en un asunto de carácter privado, pueda intervenir sin un fiador, que estén protegidas por la tutela de sus padres, de sus hermanos, de sus maridos, ¡Y nosotros las dejamos entrar en la vida de Estado, ocupar el Foro y participar en las asambleas! ¿Que no intentarán luego si consiguen esa victoria? ¿Y por qué esta revuelta? ¿A caso para suplicar que rescaten a sus padres, maridos o hijos, prisioneros en Cartago? No, es para brillar con oro y púrpura y para pasear en sus carros; para que no haya límite a nuestros gastos ni a la profusión del lujo.

Si cada uno de nosotros, señores, hubiese mantenido la autoridad y los derechos del marido en el interior de su propia casa, no hubiéramos llegado a éste punto. Ahora, henos aquí: la prepotencia femenina, tras haber anulado nuestra libertad de acción en familia, nos la está destruyendo también en el Foro. Recordad lo que nos costaba sujetar a las mujeres y frenar sus licencias cuando las leyes nos permitían hacerlo. E imaginad que sucederá de ahora en adelante, si esas leyes son revocadas y las mujeres quedan puestas, hasta legalmente, en pie de igualdad con nosotros. Vosotros conocéis a las mujeres: hacedlas vuestros iguales. Al final veremos esto: los hombres de todo el mundo, que en todo el mundo gobiernan a las mujeres, están gobernados por los únicos hombres que se dejan gobernar por las mujeres: los romanos."

A pesar suyo, esta ley fue abolida. No obstante, como Catón pensaba que el deseo de una mujer a gastar dinero era una enfermedad incurable, años más tarde defendería otra ley para evitar la acumulación de fortunas femeninas.

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