domingo, 25 de octubre de 2015

La belleza en la Antigua Roma

El uso de los cosméticos en la Antigua Roma no era exclusivamente femenino. También los hombres recurrían a ellos para mejorar su imagen personal aunque, en este caso, la sociedad más conservadora sólo aceptaba el uso de perfumes y la depilación. Un esfuerzo excesivo por mejorar su aspecto, habría provocado que un hombre cayera en ridículo, especialmente durante la época de la República Romana. No obstante, muchos hombres se maquillaban, peinaban y cuidaban con baños y masajes, preocupados por la estética hasta la obsesión.

Quitarse demasiado vello se consideraba afeminado, pero lucir demasiado vello se consideraba rústico (propio de campesinos). Para la depilación se empleaba una pasta de resina o una piedra pómez. Las mujeres ancianas  no se depilaban, pues se consideraba ridículo ya que el embellecido era visto, fundamentalmente, como una preparación con connotaciones sexuales.

En el siglo III a. C, algunos romanos comenzaron a afeitarse la barba, aunque la práctica no se puso de moda hasta la época de Escipión el Africano. Las clases más humildes no siempre seguían las directrices de la moda, ya que para afeitarse debían acudir a las barberías. En el Imperio Romano, los servicios de barbería corrían a cargo del Tonsor. La barbería se llamaba tonstrina.

Para el afeitado se empleaba jabón o aceite de oliva y, al acabar el afeitado, se aplicaba agua servida en aguamaniles.

Llevar pantalones era considerado una vergüenza, algo propio de los Bárbaros. En el año 397 el Emperador Honorio decretó unas penas muy severas para los hombres que circularan con pantalones por la venerable ciudad de Roma.

Las termas romanas eran baños públicos con estancias dedicadas a las actividades gimnásticas y espacios lúdicos, eran un centro de reunión para aquellos ciudadanos que no podían permitirse el lujo de tener un baño en su casa. 

Cuando Julio César regresó de sus campañas trajo unos esclavos que causaron una gran sensación en Roma, a causa de su color de piel y sus cabellos. Entre las mujeres romanas se puso de moda los cabellos rubios. Comenzaron a circular toda clase de fórmulas y ungüentos para aclarar la piel y teñir el cabello, algo que siglos atrás sólo lo hacían las prostitutas. Las mujeres más ricas rociaban su cabello con polvo de oro o se teñían con un cosmético importado de la Galia, mientras que las mujeres más humildes debían conformarse con agua de potasio, flores amarillas y otro tipo de productos muy abrasivos. Una solución para tener el cabello rubio, era el uso de pelucas elaboradas con el cabello de los esclavos galos.

Los hombres llevaban el cabello corto y se lo sujetaban con una cinta. Las mujeres escogían entre una gran variedad de peinados: podían rizarse el cabello, hacerse ondas, o sujetarlo en moños sobre la nuca, envueltos con redecillas y cintas.

Para las romanas era muy importante tener la piel clara y suave, aunque con las mejillas sonrosadas. Para ello empleaban limón, rosa y jazmín. Para eliminar las arrugas de la piel, empleaban cera de abeja, aceite de oliva, agua de rosas, grasa de cisne o goma arábiga. Para el colorete empleaban diversas sustancias, algunas de ellas venenosas. El colorete más caro y apreciado era el ocre rojo, importado de Bélgica.  También blanqueaban sus dientes con piedra pómez en polvo y podían llegar a emplear dentaduras postizas, elaboradas con hueso, pasta y marfil.

Las mujeres romanas se solían aplicar mascarillas antes del maquillaje. Los baños en leche de burra eran tratamientos muy costosos y fueron empleados por Cleopatra y Popea Sabina. A las mujeres romanas no les gustaban las pecas y trataban de eliminarlas aplicándose ceniza de caracol sobre la piel. 

En la Antigua Roma ya se conocía la cirugía estética. Los romanos intentaban reducir y minimizar las cicatrices con parches de alumbre, aunque también contaban con métodos quirúrgicos para eliminarlas. Para un hombre, las cicatrices de la espalda eran especialmente vergonzosas, ya que sugería que había dado la espalda en una batalla o que había recibido azotes como un esclavo. En el Siglo I d. C. ya se operaba la nariz, los ojos, los labios y la dentadura. La operación de nariz era muy demandada por las mujeres adúlteras y los ladrones que habían sufrido, como castigo, la amputación de ésta.

Las mujeres se aplicaban los cosméticos en una estancia privada especialmente destinada para ello y cuyo acceso estaba vedado para los hombres. Las romanas empleaban poco maquillaje, el necesario para realzar la belleza natural, ya que el uso de cosméticos era visto como una maniobra para manipular y engañar a los hombres. Las Vestales, tenían prohibido el uso de maquillaje, pues siempre debían permanecer castas.

Cuando las mujeres romanas salían a la calle debían llevar la cabeza cubierta con un velo,

Las romanas empleaban abundantes cantidades de perfume, ya que oler bien era señal de tener una buena salud, y se consideraba que el perfume protegía contra la fiebre y la indigestión. El uso de perfume era considerado impropio, aunque muchos de ellos lo empleaban. En aquella época ya existían los desodorantes elaborados a base de mineral de alumbre, lirios y pétalos de rosa.

En la Antigua Roma se solían emplear espejos de mano, aunque también los había grandes para colocarlos en la pared. No obstante, pasar demasiado frente al espejo suponía una debilidad de carácter.

Los ojos debían ser grandes y bordeados por unas largas pestañas. Se consideraba que las pestañas se podían caer por hacer un abuso excesivo del sexo, de modo que una mujer que tenía pocas pestañas (o ninguna) era considerada una adúltera. Las mujeres se aplicaban kohl con un palillo redondo, elaborado con marfil o hueso. También sombreaban sus párpados con la venenosa malaquita para obtener un color verdoso o con azurita para obtener un color azulado.

Se apreciaban las cejas oscuras y muy juntas (igual que en las mujeres griegas), aunque en el siglo I a. C. las mujeres comenzaron a depilarse las cejas.

El maquillaje se solía venir en tabletas y era vendido en los mercados. En aquella época ya existían tiendas especializadas en la venta de cosméticos: el pigmentarius, el ungüentarius y el farmacolpola.

Las mujeres más acaudaladas compraban unos cosméticos muy caros que venían en recipientes de oro, marfil, madera, cristal o hueso. Algunos cosméticos tenían precios tan elevados que en el año 180 a. C. se intentó limitar su uso. El tocador de una mujer rica estaba repleto de hileras de frascos que contenían toda clase de remedios de belleza que, a veces, no resistían las condiciones climáticas. 

Algunas damas romanas llevaban encima una gran cantidad de joyas, aunque no fuera apropiado para la ocasión. Las perlas y las esmeraldas eran muy apreciadas, no así los diamantes ya que en aquella época aún no se había descubierto la forma de tallarlos y pulirlos.

El sudor de los gladiadores se consideraba un potente afrodisíaco y, además, un tratamiento de belleza para mejorar la piel. El sudor de los gladiadores se vendía como souvenir en los puestos situados en el exterior del circo y era extremadamente caro.

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