miércoles, 30 de septiembre de 2015

Violencia y muerte en la Edad Media

La sociedad medieval vivía inmersa en la violencia. Aún se encontraban presentes en la memoria colectiva las invasiones germánicas cuando el Islam azotó algunas de las zonas de Europa, especialmente la Península Ibérica.

Por aquel entonces también existían los bandidos -también conocidos como baguadas- que asolaban las cosechas, mataban a los campesinos y peregrinos y violaban a las mujeres. Si éstos bandidos caían en manos de las tropas reales, eran condenados a muerte o a la esclavitud, pero su presencia motivaba una gran angustia e inquietud en la sociedad de la época. Estos frecuentes ataques provocaron que la población buscara protección, algunos en granjas fortificadas, aldeas protegidas por murallas, en pueblos y ciudades amurallados o en el castillo del señor feudal.

Los incendios provocados eran otra muestra de la violencia cotidiana de la sociedad, atacando a la comunidad. No resultaba difícil incendiar las casas o los graneros de los más pobres, pues éstos se elaboraban con paja y madera. Los señores feudales imponían fuertes multas a los causantes de éstos incidentes, obligando a pagar indemnizaciones a los familiares de los fallecidos y a los heridos. El pirómano, según la ley Goda, podía ser condenado al destierro, a trabajos forzados en las minas o a muerte, dependiendo de su condición social.

Los incendios no sólo afectaban a hogares aislados sino, también, a ciudades enteras, como fue el caso de Bourges, París, Orleans o Tours. Los cristianos afirmaban que las causas de estos sucesos eran las vidas licenciosas de los habitantes, por lo que recomendaban buscar refugio bajo el signo de la Cruz pintado en el dintel de las casas o las reliquias de algún santo o mártir.

Según se puede constatar en los escritos literarios de la época, la violencia era algo muy común y afectaba tanto a laicos como a religiosos. Se conoce, por ejemplo, el caso de las monjas del Monasterio de la Santa Cruz de Poitiers que apalearon a su propia abadesa y al obispo. También se conoce el caso de un obispo de Le Mans que ordenó castrar a sus clérigos, pues estaba muy descontento con sus actitudes licenciosas.

Para evitar el derramamiento innecesario de sangre, la Ley Sálica establece castigos monetarios: tres puñetazos se multan con 9 sueldos; una mano amputada, un pie amputado, un ojo arrancado o una oreja cortada son 100 sueldos de multa, que se rebajan si el miembro aún se encuentra colgando de la piel. 

Si el miembro amputado era el dedo índice, la multa era de 35 sueldos, mientras que si el dedo seccionado era el meñique, la multa se establecía en 15 sueldos. La razón era que el dedo índice servía para tensar el arco, instrumento fundamental para la defensa y la caza. 

Así pues se puede determinar que, en una sociedad tan violenta, la venganza estaba al orden del día. Cuando se llevaba a cabo un homicidio, la familia de la víctima debe vengar su muerte, ya fuera en la persona del culpable o de algún miembro de su familia.

Era frecuente que las víctimas de la venganza fueran expuestas públicamente, para exhibir que la obligación de venganza había sido cumplida. Para solucionar  este tipo de venganzas, la reina Brunegilda, empleó un sistema bastante reprochable: hizo que sus sicarios mataran a hachazos a los miembros de dos familias (después de emborracharlos) que se estaban disputando una venganza. No obstante, existían métodos menos violentos para detener las venganzas.

Si la familia de la víctima exigía el pago de una determinada cantidad de oro y el asesino aceptaba pagar, se detenía la venganza. Sin embargo, en numerosas ocasiones, el temor a ser considerado cobarde era bastante pesado y la venganza seguía su curso. Otra muestra de la violencia medieval eran las injurias y los insultos.

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