domingo, 27 de septiembre de 2015

La leyenda del Rey Arturo: la historia de Ginebra, Merlin y Lancelot

Cuenta la leyenda que Uther, rey de lo que hoy en día se conoce como Gran Bretaña, decidió firmar la paz con uno de sus más fieros enemigos: el duque de Cornualles. Para ello, invitó al duque y a su esposa a su castillo. Cuando Uther conoció a la duquesa Ingraine, quedó totalmente enamorado de ella. Al darse cuenta de esta situación, la duquesa le pidió a su marido que se retiraran inmediatamente del castillo y regresaran a casa. El duque de Cornualles se retiró del castillo y reinició la guerra. El amor de Uther por la duquesa era tan profundo que se enfermó y buscó la ayuda de Merlín, el mago de la corte. Éste le dijo que lo único que tenía era "mal de amores" y que podía ayudarlo con una condición: el hijo que tuviera con Ingraine se lo entregaría a él (Merlín), para educarlo y prepararlo para cumplir su destino, que no era otro que ser el más grande monarca de Inglaterra.  Esta conversación animó a Uther a ir con sus tropas en busca de su amor. El duque se enteró de sus intenciones y fue a su encuentro. En la lucha, el duque muere y los mensajeros de Uther convencen a Ingraine para que devenga su esposa. Al final, ella accede y pronto se casa. Cuando nació el heredero, Merlín fue a visitar a Uther y éste se lo entregó tal y como había prometido. La criatura fue entregada a Sir Héctor, un noble cortesano, que no conocía sobre la sangre real del niño. El bebé fue bautizado con el nombre de Arturo.

Cuando Arturo cumplió los dos años, su padre falleció. Entonces, el reino entró en una etapa de anarquía que duró varios años. Un buen día, Merlín, reunido con el arzobispo de Canterbury, afirmó que sería Cristo, a través de un milagro, quien señalaría el sucesor legítimo de Uhter. El milagro no se hizo esperar y, en el cementerio cercano a la iglesia, apareció una espada encajada en una roca. En la hoja de la espada estaba inscrito "Quien pueda desencajarme de ésta roca será Rey de toda Bretaña por derecho de nacimiento". Ante esto, todos los nobles intentaron sacar la espada, sin ningún resultado.

Fue así como se estableció un torneo anual, en el cual los caballeros asistentes podían probar suerte con la espada milagrosa.

En uno de estos torneos, participaban Sir Héctor y Sir Kay (hijo biológico de Héctor y hermanastro de Arturo), Arturo no participaba porque todavía era un muchacho de 15 años. Cuando comenzó la competición, Sir Kay se dió cuenta de que no tenía su espada, entonces pidió a su hermanastro que se la fuera a buscar a casa.

Arturo fue corriendo a buscarla pero no pudo entrar en la casa, pues la puerta estaba cerrada, entonces se acordó de la espada que estaba en el cementerio y fue en su busca. Tomó la espada por su empuñadura y la sacó de la roca con total facilidad. Al entregársela a Sir Kay, éste se dio cuenta al instante de que era la espada del cementerio, así que se la mostró a su padre.  Sir Héctor se quedó estupefacto y llevó a su hijos hasta el cementerio. Allí le dijo a Arturo que volviera a meter la espada en su lugar, Arturo lo hizo. Luego, le instó a que la sacara nuevamente. Al ver a su hijo adoptivo sacar la espada nuevamente, tan fácilmente, se postró de rodillas al igual que Sir Kay. Arturo quedó muy asombrado ante esto y Sir Héctor, emocionado, le explicó que desde ese mismo instante sería Rey de Gran Bretaña. colocándose la espada en el altar mayor de la Catedral de Canterbury.

Poco después de su nombramiento, un día, Arturo salió a pasear por los bosques cercanos al palacio. En un camino solitario, vio a unos maleantes que estaban acosando a un pobre anciano, cuando éstos vieron a Arturo acercándose se echaron a correr. El rey no se había dado cuenta que ese viejo indefenso era el gran Merlín. Éste, lejos de agradecerle su intervención, le dijo a Arturo que lo estaba esprando y que le iba a salvar la vida. Unos minutos después, se encontraron con un caballero en lam itad del camino quien, con aire arrogante, les dijo: "Nadie pasa por aquí sin antes pelear conmigo". Arturo aceptó el reto pero, aunque luchaba con fiereza, el caballero era mucho más diestro. Tanto fue así que el rey casi perdió la vida, si no es por la ayuda de Merlín quien, con sus poderes mágicos adormeció al caballero. Después de esto, Merlín le explicó que el nombre de ese arrogante caballero era Pellinore y que sería el padre de Percival y Lamorak de Gales. Percival sería uno de los buscadores del Santo Grial.

Arturo no le dio mucha importancia a las palabras del mago, ya que estaba más preocupado por su espada, la cual había perdido durante la reyerta. Entonces, pocos minutos después, pasaron por un lago donde, de forma misteriosa, se encontraron un brazo erguido que sobresalía del agua empuñando una espada. "Ahí está tu espada", dijo Merlín. Arturo, que no sabía como llegar hasta ella, vio a lo lejos una barca en cuyo interior se encontraba una joven vestida de blanco. "Ella es la Dama del Lago, debes convencerla para que te dé la espada", explicó Merlín.

La Dama se acercó y Arturo le pidió la espada, ella le dijo que se la daría si éste le concedía un deseo. Arturo aceptó y la dama le dijo: "Toma mi barca y navega hasta donde se encuentra el brazo, él te dará la espada. En cuanto a mi deseo, te lo pediré después". Cuando Arturo tomó, por fin, la espada vio que en la hoja se podía leer la palabra "Excalibur", más abajo decía "Tómame" y, del otro lado, decía "Arrójame lejos". Esta espada sería la protagonista de innumerables batallas victoriosas y de grandes hechos heroicos. 

Durante sus primeros años de gobierno, el rey Arturo, pacificó el país y creó un mejor estado de vida para sus súbditos. Fue un rey muy amado y respetado por sus súbditos, así como temido por sus enemigos. Cuando ya tenía edad para casarse, le comentó a Merlín que, en una visita que había hecho al reino de Camelot, había visto a la princesa y se había enamorado de ella. Acto seguido, le pidió al mago que reuniera una comisión de representantes del reino británico para viajar hacia Cameliard y pedir la mano de Ginebra, hija del Rey Legradance. El rey de Cameliard quedó encantado con la propuesta y, además de conceder la mano de su hija, le envió como regalo una mesa redonda que le había sido donada por el difunto Rey Uther. En esta mesa cabían hasta 150 caballeros sentados.

Cuando Arturo escuchó las buenas noticias que le traía Merlín, se alegró mucho y mando a Sir Lancelot (su mejor caballero) a recibir a Ginebra y llevarla al castillo del rey. Cuando Sir Lancelot vio por primera vez a la futura reina de Camelot, se enamoró perdidamente y a ella le sucedió lo mismo. No obstante, ambos eran conscientes de la situación en la que se encontraban y, por el momento, no hicieron nada al respecto.

La mesa redonda se colocó en el gran salón del castillo. Arturo decidió que en ella se sentarían sus mejores caballeros y que, para poder sentarse en ella, tendrían que realizar un juramento especial de fidelidad al reino de Camelot, a la Iglesia y a las más nobles costumbres. Ningún caballero que fuera miembro de la Mesa Redonda podría llevar a cabo actos ilegales, deshonestos ni criminales.

Cuando se pusieron, por primera vez, ante la Mesa y se disponían a sentarse, un gran relámpago, seguido por un fuerte trueno, los sorprendió a todos. Merlín, que se encontraban allí junto al rey, dijo: "Caballeros, es el momento para que cada uno le rinda homenaje al rey". Cada uno de los caballeros fue postrándose de rodillas ante Arturo, como acto de sumisión, fidelidad y respeto. A medida que iban pasando, el nombre de cada caballero aparecía grabado en oro en una de las sillas. Una vez sentados en sus respectivos puestos, los caballeros se dieron cuenta que sobraban tres sillas. Entonces, Merlín les explicó:

"Dos de estos tres puestos serán para los dos mejores caballeros de cada año, y la otra silla será sólo para el hombre más digno del mundo. Si alguien no reúne méritos para sentarse en esta silla y osa sentarse, morirá en el acto". Fue así que, en lo sucesivo, varios caballeros se turnaron el derecho de sentarse en los dos puestos de honor, pero ninguno se atrevía a sentarse en el puesto prohibido. Ni siquiera Lancelot, que era considerado como el más valiente y digno de todos los caballeros, osaba sentarse ahí.

Años después, un gran sabio se presentó en el castillo. Arturo lo hizo pasar. El anciano, al ver el puesto vacante, dijo: "El espíritu de Merlín me visitó y me dijo que, en ese asiento, se habrá de sentar el caballero más digno y más puro del reino, aquel que conseguirá traer el Santo Grial. Este caballero aún no ha nacido". Todos los caballeros que se encontraban reunidos con el rey se quedaron estupefactos por esta revelación y Arturo se sorprendió aún más, ya que ni siquiera sabía de la muerte del mago.

El Santo Grial era el cáliz donde José de Arimatea había depositado la sangre de Jesucristo. Se suponía que tenía propiedades mágicas y que aquel que lograra verlo podía ser testigo de una experiencia espiritual trascendental. Sucedió que un buen día, 20 años después de la fundación de la Mesa Redonda,  Elaine, hija del Caballero Pelle, se presentó en palacio con el hijo que le había dado a Lancelot.

Al entrar el niño en el Gran Salón, sucedió un milagro: en el espaldar de la Silla Prohibida apareció grabado en letras doradas "Éste asiento ha de ser ocupado". Al ver este mensaje, Sir Lancelot supo que su hijo, Galahad, era el elegido para sentarse en esa silla. Años después, Galahad pidió a su padre que le diera permiso para entrar a formar parte de la Mesa Redonda, Lancelot se lo concedió. Cuando Sir Galahad cumplió los 15 años, entro en el salón de la Mesa Redonda acompañado por un anciano. El anciano le apuntó el asiento prohibido y en éste se formó, mágicamente, el nombre de Galahad en el espaldar de la silla.

Ese mismo día comenzaban los torneos tradicionales, en los cuales Galahad mostró sus grandes habilidades y su valentía. Cuando acabaron los días de torneos, todos los caballeros se reencontraron ante la Mesa Redonda. Comenzaron a debatir los quehaceres cotidianos del reino y, cuando la conversación ya estaba bastante avanzada, fueron interrumpidos por un fuerte trueno y un rayo que atravesó la mesa. Todos quedaron estupefactos al ver bajar monentáneamente, a través del rayo, el Santo Grial. Éste se encontraba cubierto por una  fina tela de oro.

Una vez terminada la aparición, Sir Gawaine se levantó y exaltado dijo: "Nos ha sido negada la visión del Santo Grial y yo anuncio que mañana iré en su búsqueda, y no regresaré a Camelot hasta que lo haya visto". Este anuncio contagió a todos. Uno a uno se fueron levantando y haciendo el mismo juramento.

El rey Arturo se quedó muy consternado. Con lágrimas en los ojos, le dijo a su querido sobrino que, con su decisión, había destinado a la Orden de la Mesa Redonda a su pronta disolución. Todos los caballeros de dicha Orden se dispersaron por todo el mundo y muy pocos regresaron a Camelot con vida. La misma Ginebra y Lancelot estaban tristes, ya que sabían que le había llegado su definitivo fin a la Orden de los Caballeros de la mesa Redonda.

El gobierno del rey Arturo entró en decadencia. La Orden ya no era tan gloriosa como antes. Las intrigas palacietas comenzaron a desestabilizar la paz del reino, llegando a desencadenar una guerra civil.

Sir Mordred y Agravine pusieron una trampa a Sir Lancelot y a Ginebra. Estos caballeros deseaban, desde hacía mucho tiempo, tomar el poder y derrocar a Arturo. Así pues, encerraron a Lancelot y a Ginebra en una habitación y, después, mientras se encontraban acompañados por un destacamento de caballeros exigieron, a grandes voces, que salieran del a habitación. Todo esto lo hicieron con la intención de demostrar al rey las relaciones adúlteras de su esposa con su más querido caballero. Entonces, Sir Lancelot abrió la puerta y dejó entrar a uno de los caballeros, la cerró rápidamente y lo mató, y luego volvió a hacer lo mismo hasta que mató a 13 caballeros. Entre ellos se encontraba Agravine.

Entonces, Sir Mordred informó a Arturo que debía apresar a Lancelot por traición, pues decía que tenía intención de destronarlo y desposar a la reina. El destino de la reina debía ser la hoguera, pues era una pecadora. Los caballeros tomaron diferentes partodios, algunos defendieron a Lancelot y otros siguieron fieles a Arturo. El rey estaba confundido, no podía frenar la cruenta guerra que asolaba Camelot y no quería creer la traición de Ginebra, pero la matanza que había realizado Lancelot no le parecía justa. Sir Lancelot quería acabar con la guerra, pero debía detener a los partidarios de Sir Mordred que intentaban quemar a Ginebra en la hoguera. Sir Lancelot salvó a Ginebra pero, durante la reyerta, tuvo que enfrentarse a Sir Gareth y a Sir Gaheris, hermanos de Sir Gawain, y les dio muerte.

En uno de los momentos, durante un combate, el rey cayó al suelo y Sir Bors, que apoyaba a Sir Lancelot, le dijo a éste último: "Señor, si quiere, lo mato y acabamos con esta lucha". Sir Lancelot se negó de forma inmediata y ayudó al rey a subirse al caballo. Este episodio le dolió mucho, tanto al rey como a él. Lancelot le confió a Arturo la suerte de Ginebra, y éste le prometió que su vida sería respetada.

Finalmente, Sir Lancelot decidió exiliarse en Francia. Sir Gawain juró perseguir al asesino de sus hermanos hasta darle muerte. Se hizo acompañar por el mismo Arturo para lograr su venganza, pero no podía satisfacer sus deseos, pues Lancelot lo derrotó durante un duelo donde casi perdió la vida. Mientras todo esto sucedía, Sir Mordred informó oficialmente a todo el reino sobre la muerte del rey Arturo y se autoproclamó Rey de Camelot.

Enterado de esto, el rey Arturo partió junto con Sir Gawain y un gran ejército hacia Camelot para recuperar su trono. En la primera batalla contra el ejército de Mordred, Sir Gawain cayó mortalmente herido. Sus últimas palabras fueron de arrepentimiento por no haberse dado cuenta, a tiempo, de la alta traición de Sir Mordred y se confesó culpable de haber alejado al rey Arturo de Camelot para saciar su venganza personal. Durante su agonía, Sir Gawain escribió una carta a Sir Lancelot, rogándole que regresara a Inglaterra y ayudara al rey a derrotar a sus traidores. Después de esto, falleció.

La noche anterior a la última batalla con Mordred, Arturo tuvo un sueño donde Sir Gawain le decía que debía esperar a Lancelot, para enfrentarse a las huestes del traidor. Si no hacía esto, moriría junto a Mordred. Entonces, el rey decidió pactar un acuerdo de paz con Mordred, para ganar tiempo mientras esperaba que Lancelot llegara. Mordred aceptó y se citaron un día para hacer oficial la firma del tratado de paz. El clima era tenso y un mal movimiento podía desencadenar una nueva lucha durante la firma. Fue la providencia la que ocasionó la desgracia: una serpiente mordió la pata de un caballo y su jinete sacó su espada para matarla. Esto fue entendido, por el ejército contrario, como una señal de guerra y todos se lanzaron ferozmente a la batalla. La matanza fue increíble. Perdieron la vida más de 100.000 soldados. De las tropas de Arturo solo sobrevivió Sir Bevidere y Mordred quedó solo. El rey vio ante sí a su enemigo y dijo: "¡Ven vida, ven muerte!". Y se lanzó, con Excalibur en la diestra, a matar a Mordred. Éste murió al instante, pero Arturo cayó encima de la espada de su adversario y quedó, a su vez, muy gravemente herido.

Arturo, quedó tirado en el suelo y recordó el mensaje que tenía escrito Excalibur en un lado: "Arrójame lejos". Entonces, con voz débil, llamó a Sir Bevidere y le dijo: "Lleva mi espada cerca del agua y arrójala lejos". Sir Bevidere tomó a Excalibur, pero no quiso deshacerse de ella, la escondió, y le contó a Arturo que ya lo había hecho. El rey le preguntó que había sucedido cuando la lanzó y Bevidere respondió que sólo había visto la espada entrar en el agua. Arturo lo reprendió y le dijo que era un mentiroso y que cumpliera su súplica. Bevidere trató engañar de nuevo al rey, pero éste se enfureció lo suficiente como para convencerlo de que debía hacerlo. Al lanzar a Excalibur al agua del Lago salió de su centro un brazo desnudo que la agarró y se hundió con ella. Al contárselo, a Arturo éste, aliviado, dijo: "Ahora, llévame junto al Lago".

Cuando llegaron al Lago, una balsa estaba esperándolos. En la balsa se encontraban tres reinas vestidas de luto, y con sus rostros tapados por un velo negro. Sir Bevidere colocó a su rey en la balsa y, con lágrimas en los ojos, se despidió de él. La balsa surcó las aguas del Lago y desapareció de la vista. Nunca se supo el destino del cuerpo de Arturo y, mucho menos, la identidad de las tres reinas que lo acompañaron.

Días después, Sir Bevidere, paseando por el bosque, se encontró una capilla en la cual habían sepultado a un señor que había sido traído por tres misteriosas damas veladas y vestidas de negro. El caballero supuso que ése era el cuerpo de Arturo y decidió quedarse cerca y llevar una vida de ermitaño.

Mientras todo eso había sucedido, Sir Lancelot se encaminaba hacia Camelot para apoyar a las huestes de Arturo. Durante el camino se encontró con la tumba de Sir Gawain y se enteró de la muerte del rey. Entonces, se dirigió hacia la ermita de Sir Bevidere, donde lo acompañaría en la vida ermitaña hasta el fin de sus días.  Al fallecer Ginebra, poco tiempo después de Arturo, su cuerpo fue trasladado a la capilla donde se suponía que yacía el cuerpo del rey Arturo.

El reino de Arturo había llegado a su fin. La anarquía reinaría durante una buena temporada. La corte del rey Arturo y sus Caballeros de la Mesa Redonda se convertirían en leyenda y nunca más volverían a coincidir  hombres tan dignos, con ideales tan puros, en un mismo lugar y en una misma época.

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