lunes, 1 de junio de 2015

La familia medieval

La estructura familiar de la Alta Edad Media es similar a la que se manifestaba tanto en la sociedad romana como germánica, estando integrada por el núcleo matrimonial (esposos e hijos) y un grupo de parientes lejanos, viudas, huérfanos, sobrinos y esclavos.
Todos los integrantes de la familia se encontraban bajo el dominio y mandato del varón, quien descendía de una estirpe, siendo su principal obligación proteger a los miembros de su familia. La ley Sálica hace referencia a que el individuo no tiene derecho a recibir protección si no forma parte de una familia. En este caso, esta protección se paga con una estrecha dependencia.
Aún así se pueden enumerar una gran serie de ventajas como la venganza familiar o el recurso a poder usar a la parentela para pagar una multa, ya que la solidaridad económica es obligatoria. Si alguien deseaba romper con su parentela, debía acudir a los tribunales donde realizaba un rito específico y juraba su renuncia a la protección, sucesión y beneficio relacionados con su familia.
La familia vivía bajo el mismo techo e, incluso, podían llegar a compartir la misma cama. Tíos, sobrinos, esclavos y siervos podían compartir la cama donde la lujuria podía encontrar un amplio número de seguidores entre aquellos cuerpos desnudos. Esta es la razón por la que la Iglesia insistió en prohibir este tipo de situaciones y favorecer la emancipación de la familia conyugal, donde sólo padres e hijos compartían casa y cama.
El padre era considerado el guardián de la pureza de sus hijas, como máximo protector de su descendencia. Las mujeres tenían capacidad de sucesión, a excepción de la llamada tierra sálica, los bienes pertenecientes a la colectividad familiar. Al casarse, la joven pasa a estar bajo la protección del marido. Este momento se escenifica en la celebración de los esponsales, cuando los padres perciben una suma determinada como compra simbólica del poder paterno sobre la novia.
La ceremonia nupcial era pública y la donación de la dote era obligatoria. La ceremonia se completaba con la entrega de las arras por parte del novio a la novia. Los matrimonios solían ser concertados, especialmente entre las familias más pudientes.
La joven debía aceptar la decisión paterna, aunque se conocen casos de mujeres que se negaron a admitir el compromiso como Santa Genoveva o Santa Maxellenda. En un intento de censurar este tipo de matrimonios, se celebraron diversos concilios y el Papa Clotario II emitió un decreto prohibiendo casar a las mujeres en contra de su voluntad. Esta libertad vigilada, motivó que algunas mujeres tomaran a un hombre en secreto, o que se produjeran raptos de muchachas, secuestros que contaban con el beneplácito de la víctima, que rompía con la rígida disposición paterna.
En esa época, las mujeres anteriormente descritas, eran consideradas adúlteras mientras que el hombre se veía obligado a pagar a los padres de la joven el doble de la donación estipulada. En caso de que esta suma no se pague, el castigo era la castración. Si un hombre se casaba con una joven sin el consentimiento del padre de la muchacha, debía pagar el triple de la dote determinada. 
Tras la ceremonia nupcial, se realizaba un banquete, donde la comida y la bebida eran abundantes (cuando la economía familiar lo permitía). El banquete iba acompañado de cantos y bailes obscenos para favorecer la fecundidad de la mujer. Durante el banquete, la novia recibía regalos como joyas, animales, objetos del hogar, etc. El novio le hacía entrega de un par de pantuflas, como símbolo de paz doméstica, y un anillo de oro, símbolo de fidelidad. El novio también debía llevar una alianza en el dedo anular de la mano derecha.
Las mujeres nobles también solían llevar un sello en el pulgar derecho, como muestra de la autoridad que le transfería su marido para administrar sus bienes. Tras el banquete, la pareja era acompañada hasta el lecho nupcial, con el objetivo de que consumaran el matrimonio. A la mañana siguiente, el esposo entrega a su mujer un obsequio para agradecer la entrega de su virginidad, dando fe de la pureza de la joven desposada y asegurándose que la descendencia es suya. De este obsequio (una suma de dinero), la viuda se queda con un tercio y el resto será entregado a la familia en caso de muerte del marido.
La edad de matrimonio era a los doce años, para las mujeres. Como la virginidad suponía el futuro de la parentela, se protege a la mujer de raptos y violaciones, al tiempo que se reprime la ruptura del matrimonio y se castiga, de forma contundente, el adulterio y el incesto. La violación de una mujer libre era castigada con la muerte. Si la violada era esclava, el violador debía pagar su valor. En ambos casos, se consideraba que la mujer había sido corrompida, por lo que perdía su valor, eran desposeídas de sus bienes y la única salida que tenían era la prostitución.
El incesto estaba muy perseguido, aunque no se tratara de relaciones entre hermanos. Los matrimonios con parientes se consideraban incestuosos, entendiendo por parentela "una pariente o la hermana de la esposa" o "la hija de una hermana o de un hermano, la mujer de un hermano o de un tío". Los incestuosos eran separados y quedaban al margen de la ley, a la vez que recibían la excomunión.
La mujer adúltera era estrangulada y arrojada a una ciénaga, o bien decapitada.
El escaso número de ancianos en la Edad Media, es proporcional a su utilidad, a excepción de los jefes de clanes o tribus. Si el anciano mantiene sus fuerzas, será aceptado por la sociedad. Si esto no es así, el anciano solo puede esperar donar sus bienes a una abadía donde se retirará a vivir hasta el momento de su muerte. En la abadía los ancianos recibían cuidados, comida, bebida y alojamiento.
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