lunes, 15 de octubre de 2012

Lepra en la edad media = morir en vida

Bien avanzada la edad media, los europeos habían heredado los inmensos temores ante la lepra que se encuentran referidos en el Antiguo Testamento. 

Para enfrentar de alguna manera este terrible mal, en el siglo XIII se estableció la Órden de San Lázaro en la cual el Gran Maestre era siempre un leproso. Dicha orden religiosa llegó a mediados del siglo XIII con 9.000 hospitales esparcidos por toda la cristiandad. 

La imagen impactante del leproso que nos ha llegado de la Edad Media, modificada y atenuada en gran manera, es la de un enfermo que a causa de su mal tenía prohibida con extrema severidad su asistencia a lugares públicos, a ferias, tabernas, mercados y molinos, iglesias y monasterios. No podía tocar cosas que no fueran de su exclusiva propiedad. Le estaba prohibido circular por las calles o senderos estrechos, disponer de sus escasos bienes, acercarse a mujer alguna a excepción de la suya, beber agua de los pozos o salir a los campos y cercanías de las ciudades sin las ropas negras propias de los leprosos y el cuenco de madera tosca en el que se depositaba la escasa limosna de sus alimentos.

Al ser humano que tenía el infortunio de ser calificado como ser que padece el mal de Lázaro (lepra), le estaba prohibido dirigir la palabra a los demás porque se pensaba que su aliento envenenaba el aire, que tenía que colocarse contra el viento para evitar que este llevara su contagio pestilente a los demás. Al enfermo de lepra solo le estaba permitido gritar: "¡Impuro, impuro!", tal como lo había sentenciado inclemente el "Levítico" y lo había aceptado, sin caridad alguna, el mundo cristiano de esa época.

Para formalizar la separación del leproso del mundo de los vivos se realizaba una ceremonia religiosa. Para representar su entierro, se obligaba al enfermo a descender a una tumba mientras el sacerdote oficiaba una misa y arrojaba sobre su cabeza un puñado de tierra obtenida de los cementerios, a tiempo que pronunciaba las siguientes palabras: "Sic mortuus mundo vivus iterum Deo". Una vez concluida la ceremonia, el leproso dejaba de formar parte del mundo viviente. El sacerdote entonces le podía consolar diciendo: "No tomaréis mal estar secuestrado de los demás, tanto más cuando tendreis parte en todas las oraciones de nuestra Santa Madre la Iglesia como si personalmente asistierais al servicio divino ¡Tened paciencia y cuidado que Dios os acompaña!"

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