jueves, 20 de septiembre de 2012

Diaconisas

Este era el término usado en la primitiva Iglesia para significar a las mujeres que poseían dentro del seno de la Iglesia una función muy análoga a la de los diáconos. El nombre de diaconisas era afecto a ciertas mujeres devotas consagradas al servicio de la Iglesia y que hacían a las mujeres los servicios que no podían prestarles los diáconos por decencia: por ejemplo, el bautismo que se realizaba por inmersión.

Estaban también encargadas de la vigilancia de las Iglesias o lugares de reunión de la parte en que estaban las mujeres, separadas de los hombres. Cuidaban de los pobres y las mujeres enfermas. En tiempo de las persecuciones, cuando no se podía envíar a un diácono a las mujeres para exhortarlas y fortificarlas, se les enviaba una diaconisa.

En su comentario sobre los concilios dice que las ordenadas por la imposición de las manos y el concilio in Trullo se sirve de la palabra keyrotoneyn imponer las manos para expresar la consagración de las diaconisas. Sin embargo, Baronio niega que se les impusiesen las manos y que se usara alguna ceremonia para consagrarlas. Se funda en el canon 19 del I Concilio de Nicea (325) que las coloca en el rango de los seglares y que dice expresamente que no se les impone las manos. No obstante, el concilio de Calcediona dice que se las ordenaba a los 40 años y no más pronto. Hasta entonces se las ordenaba a los 60 años, como lo prescribe San Pablo en su primera epístola a Timoteo y como puede verse en el Nomocanon de Juan de Antioquía; en Balsamon, el Nomocanon de Focio y el Código teodosiano y Tertuliano, Develandis Virgin. Este mismo Padre de la Iglesia, en su tratado ad uxorem, habla de las mujeres que habían recibido el Orden de la Iglesia y que, por esta razón, no podían casarse porque las diaconisas eran viudas y no tenían libertad para casarse. Era preciso que no hubieran estado casadas más de una vez para poder ser ordenadas diaconisas, pero después se escogieron también mujeres vírgenes.

El concilio de Nicea coloca a las diaconisas en el mismo rango que al clero. Pero su ordenación no era sacramental. Era una ceremonia eclesiástica. No obstante, valiéndose de esto para destacarse a mayor altura que las de su sexo, el Concilio de Laodicea prohibió ordenarlas en adelante. El primer concilio de Orange en 441, prohibió también, ordenarlas y obligó a las que habían sido ordenadas a recibir la bendición con las simples seglares.

El número de diaconisas era ilimitado. El emperador Heraclio en su carta a Sergio, patriarca de Constantinopla, manda que en la Catedral de esa ciudad haya 40 diaconisas y solo 6 en la de la Madre de Dios que estaba en el cuartel de los Blanquernos.

Las ceremonias que se observaban en la bendición de las diaconisas se encuentran todavía en el eucólogo de los griegos. Se hace más o menos lo mismo para recibir a una diaconisa que en la ordenación de un diácono. Se la presentan primero al Obispo, delante del santuario con un pequeño manto que le cubre el cuello y los hombros, llamado mafiorum. Después de pronunciada la oración de inicación, la mujer hace una inclinación con la cabeza sin doblar las rodillas. El Obispo le impone las manos pronunciando una oración pero todo esto no era una ordenación religiosa sino una ceremonia semejante a las bendiciones de las abadesas.

No se sabe a ciencia cierta cuando cesaron las diaconisas porque no las cesaron al mismo tiempo en todas partes. 


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