jueves, 27 de septiembre de 2012

Alhajas

Después de la caída del Imperio Romano se siguieron usando las formas y técnicas de la joyería romana. Las tribus bárbaras del este de Europa, hábiles en el trabajo del metal,  supieron combinar las tradiciones romanas (como la filigrana en oro y la forma de fíbula) con la tradición bizantina del alveolado, introduciendo sus propias variaciones regionales. Así, por ejemplo, el broche del alfiler pasó a ser redondo, como los hallados en Francia y Escandinavia. Los broches circulares eran muy comunes en Irlanda y la Bretaña celta. Los principales motivos celtas eran animales estilizados y complicados arabescos.

Se han encontrado numerosas joyas que servían para adornar vestidos y capas, considerándose la orfebrería germánica como una de las más atractivas de la historia. Nos han legado sortijas, pendientes, horquillas, hebillas... joyas que exclusivamente podían lucir las mujeres de la realeza y la clase alta.

Una técnica importante en la joyería medieval es la colocación de finas capas de granate en los alvéolos del metal. Como ejemplo de esta técnica nos quedan las hebillas y broches de la nave funeriaria de Sutton Hoo del siglo VII (British Museum of London) y una corona incrustada con granates y cabujones que perteneció a Recesvinto, Rey de los visigodos, (Real Armería de Madrid).  

A partir del s. XI los broches siguieron siendo una de las alhajas más usadas, como por ejemplo el broche del águila del Siglo XII (Museo de Maguncia, Alemania). Los anillos y colgantes engastados o esmaltados eran otras formas típicas de la joyería de la época. En los siglos XIV y XV los collares y joyeles se  convirtieron en parte integrante del atuendo.

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