viernes, 29 de junio de 2012

Mi infancia

Nací en el seno de una familia humilde el dia 7 de mayo de 1923; tercer hijo del matrimonio habido entre Antonio y Ángeles. Mi nacimiento tubo lugar en una pequeña y sencilla casa en el centro de Lentegí, pueblo donde he pasado mi infancia, mi madurez y donde ahora estoy gozando de la senectud.

En aquellos tiempos, como mi familia era muy numerosa y muy humilde, mis padres no se podían permitir comprar juguetes para mi, mis hermanos y hermanas, pero no le dábamos mucha importancia porque eramos felices con lo que teníamos. Recuerdo que me gustaba mucho jugar al escondite con mis hermanos y el resto de niños del pueblo, todas las tardes, ya fuera invierno o verano, las calles del pueblo se llenaban de la música de nuestras risas, de las alegrías de niños felices que aún no sabían nada de la vida, de niños que no sabían lo que era una guerra y lo que era morirse, literalmente, de hambre.

Los niños que no éramos ricos, coleccionábamos piedrecitas de colores y hacíamos ver que jugábamos a las canicas, organizando torneos y campeonatos. A veces, mi madre me daba algún pañuelo o trapo viejo para jugar al juego del pañuelo con mis amigos, y jugábamos hasta que nuestras madres nos llamaban para ir a cenar o bien hasta que acabábamos tan cansados que lo único que deseábamos era ir a descansar y comer algún que otro dulce.

Entre gritos y risas de niño feliz, recuerdo el día de mi Primera Comunión, desgraciadamente este recuerdo se va borrando poco a poco y no tengo ninguna fotografía para poder recordarlo cuando mi enfermedad esté más avanzada. Mi madre y mi madrina me confeccionaron un traje de comunión que a mi no me gustaba nada, pero que me puse con mucho orgullo, porque el día de la Comunión es uno de los días más importantes en la vida de un niño. Después de la correspondiente misa, fui a comer al campo con toda la familia (abuelos, tíos y tías, primos...), fue muy divertido, todos bromeaban y me daban dinero o lo que buenamente podían. Me sentía el niño más rico del pueblo porque, en total, me dieron 8 reales y los ahorré durante mucho tiempo como si fueran el tesoro más grande del mundo.

Recordando, ahora, estas escenas de mi infancia siento nostalgia de la inocente felicidad de aquella época, echo de menos a mis amigos, correr y reír sin preocupaciones, lastimarme las rodillas y los codos para que después mi madre me los cure y me dedique palabras dulces y amorosas. Echo de menos las chocolatadas del día de Navidad y las rosquillas tan buenas que nos hacía mi madre, a mi y a mis hermanos.

De la escuela no puedo hablar mucho, ya que no pude asistir porque solo los hijos de los ricos se podían permitir pagar un tutor, ya que en el pueblo no había colegio público. Me quedaba mirando con la boca abierta a aquellos niños listos, ricos, que podían gozar del lujo de ir al colegio, los envidiaba por el simple hecho que ellos podrían aspirar a algo más que a ser simples campesinos y jornaleros. En cambio, yo tenía que ayudar a mis padres en el campo y cuidar de mis hermanos más pequeños, pero no por ello era menos feliz ni menos inocente que el resto de los niños.

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